Hay una pregunta que aparece una y otra vez en consulta, casi siempre dicha en voz baja: “¿esto que me pasa con mi pareja es normal o ya es una señal de que algo anda mal?”.

Es una buena pregunta, y no tiene una respuesta única. Pero la investigación de las últimas décadas sí nos permite decir algo bastante claro: las relaciones sanas no se distinguen por la ausencia de problemas, sino por cómo se tratan las personas mientras los atraviesan.

En lo que sigue ordeno lo que la evidencia muestra que debería estar presente en un vínculo de pareja saludable y lo que no debería estar bajo ninguna circunstancia. Al final encontrarás cinco preguntas concretas que uso habitualmente para ordenar esta conversación.


Primero, una aclaración: una relación sana no es una relación sin conflictos

En 2020, un equipo internacional liderado por Samantha Joel y Paul Eastwick hizo algo poco frecuente: reunió 43 estudios longitudinales de parejas —más de 11.000 relaciones— y usó machine learning para identificar qué predice realmente la satisfacción de pareja (Joel et al., 2020).

El resultado es interesante por lo que encontró y por lo que no encontró. Los mejores predictores no fueron las características individuales de la pareja que uno elige, sino lo que ocurre entre los dos: percibir que el otro está comprometido, sentirse apreciado, la satisfacción sexual, percibir que el otro está conforme con la relación y el modo de manejar el conflicto. En palabras simples: el vínculo se explica más por la calidad del proceso compartido que por el “currículum” del otro.

A eso se suma un factor que solemos olvidar. Karney y Bradbury (1995) mostraron, en su modelo de vulnerabilidad–estrés–adaptación, que el contexto pesa: las deudas, la sobrecarga laboral, el cuidado de padres mayores o de hijos adolescentes desgastan a parejas que, en otro momento, funcionaban bien. Muchas crisis de la mediana edad no son crisis de amor: son crisis de carga.


QUÉ SÍ DEBERÍA ESTAR PRESENTE

1. Sentirse comprendido, valorado y cuidado

La investigación llama a esto responsividad percibida: la sensación de que mi pareja entiende lo que me pasa, valora quién soy y se preocupa por mí (Reis y Shaver, 1988). No es un detalle romántico. Selçuk, Gunaydin, Ong y Almeida (2016) siguieron durante diez años a más de dos mil adultos casados y encontraron que quienes percibían a su pareja como más responsiva reportaban mayor bienestar psicológico una década después.

2. Aprecio dicho en voz alta

John Gottman, tras décadas observando parejas en laboratorio, describió una diferencia sencilla entre las parejas que se sostienen y las que se desgastan: las primeras responden a los pequeños intentos de conexión del otro —un comentario, una mano en el hombro, un “mira esto”— y mantienen una proporción alta de intercambios positivos respecto de los negativos en la vida diaria (Gottman y Silver, 1999).

El aprecio que se piensa pero no se dice no cumple ninguna función en el vínculo. Hay que decirlo.

3. Capacidad de reparar

Ninguna pareja sana evita las discusiones. La diferencia está en si existe un camino de vuelta: pedir disculpas de verdad, reconocer la parte propia, retomar la conversación al día siguiente con más calma. Gottman describe antídotos concretos para los momentos difíciles: partir suave en vez de acusar, hacerse cargo en vez de defenderse, y calmarse fisiológicamente antes de seguir hablando.

Una relación sana no es la que nunca se rompe, sino la que aprendemos a reparar.

4. Seguridad emocional

Desde la teoría del apego, Mikulincer y Shaver (2016) y Sue Johnson (2008) plantean que la pareja adulta funciona como una base segura: alguien a quien puedo acudir cuando tengo miedo y de quien espero una respuesta, no un portazo.

Cuando esa seguridad falta, aparecen los ciclos que Johnson describe con precisión: uno persigue, reclama y busca contacto; el otro se retira para evitar el conflicto. Ninguno es el villano. El problema es el ciclo y se puede modificar.

5. Autonomía, además de proyecto compartido

Aquí conviene decirlo con claridad: nadie puede ser el mundo entero de otra persona. Finkel (2017) ha documentado cómo las expectativas actuales sobre la pareja —que sea amante, mejor amigo, terapeuta, socio y compañero de aventuras— se han vuelto tan altas que muchas relaciones se asfixian intentando cumplirlas.

Las parejas que se sostienen mantienen amistades propias, intereses propios y tiempo propio, y al mismo tiempo construyen algo juntos. Aron y colaboradores (2000) mostraron incluso que compartir actividades nuevas y estimulantes —no necesariamente románticas— mejora la calidad percibida de la relación. Después de los cuarenta, esto suele ser más urgente que a los veinte.

6. Reciprocidad en el cuidado

Toda relación implica ceder. La pregunta es cómo. Un metaanálisis de Righetti, Sakaluk, Faure e Impett (2020) mostró que el sacrificio no es bueno ni malo por sí mismo: su efecto depende de los motivos (hacerlo por acercarse al otro, no por miedo a perderlo o evitar un conflicto) y de si el otro lo nota y lo valora.

El cuidado que se cobra después deja de ser cuidado.

7. Una sexualidad que se puede conversar

La satisfacción sexual aparece entre los predictores más robustos de la calidad del vínculo (Joel et al., 2020). En la mediana edad los cuerpos cambian, el deseo cambia y los tiempos cambian. Lo saludable no es que todo siga igual, sino que exista permiso para hablarlo: preferencias, ritmos, incomodidades, consentimiento.


QUÉ NO DEBERÍA ESTAR PRESENTE

      1. El desprecio

        De los patrones que Gottman y Levenson (1992) identificaron como corrosivos —la crítica al carácter, el desprecio, la actitud defensiva y el bloqueo—, el desprecio es el más dañino: la ironía hiriente, el gesto de superioridad, el ridiculizar al otro delante de terceros.

        Un paréntesis honesto: la famosa cifra de que se puede “predecir el divorcio con más de un 90% de precisión” ha sido cuestionada metodológicamente, porque esos modelos no fueron validados en muestras independientes (Heyman y Smith Slep, 2001). Conviene tomarla con cautela. Lo que sí se sostiene en la literatura es lo importante: el desprecio sistemático es un marcador confiable de deterioro.

        2. El control

        Evan Stark (2007) acuñó el concepto de control coercitivo para describir algo que las estadísticas de golpes no capturan: revisar el teléfono, decidir con quién se puede juntar, controlar el dinero, exigir explicaciones por cada hora del día, alejar a la persona de su familia y amigos.

        Un criterio simple para distinguirlo de los celos ocasionales: el control es un patrón sostenido que achica la vida del otro. Y no es una prueba de amor, aunque se presente como tal.

        3. Cualquier forma de violencia

        Física, sexual, psicológica, económica o digital. Sin excepciones y sin matices.

        Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud publicado en noviembre de 2025, cerca de una de cada tres mujeres en el mundo —unos 840 millones— ha vivido violencia de pareja o violencia sexual a lo largo de su vida, y 316 millones la sufrieron solo en los últimos doce meses; en América Latina, la cifra alcanza al 22,8% de las mujeres (OMS, 2025). En Chile, la Encuesta de Violencia contra la Mujer en el Ámbito Intrafamiliar y en Otros Espacios registró que un 23,3% de las mujeres vivió algún tipo de violencia intrafamiliar durante 2022, con un aumento marcado de la violencia psicológica en la última década (Subsecretaría de Prevención del Delito, 2022; Trujillo y Clarke, 2023).

        Un punto clínico importante: cuando hay violencia, la terapia de pareja no es la indicación de primera línea. Lo primero es la seguridad, y eso requiere ayuda especializada.

        4. La invalidación sistemática de la propia percepción

        “Eso no pasó”, “estás exagerando”, “estás loca”. Cuando una persona empieza a dudar de su memoria o de su juicio a partir de lo que su pareja le dice de forma reiterada, hay un problema serio, no un malentendido.

        5. La amenaza de abandono como herramienta

        Usar la ruptura, el silencio prolongado o el retiro del afecto para ganar una discusión destruye exactamente aquello que hace funcionar a una pareja: la certeza de que el otro va a seguir ahí.

        Distinto es pedir una pausa para calmarse. La diferencia está en avisar y en volver: “necesito veinte minutos y seguimos” no es lo mismo que tres días de ley del hielo.


        LAS CINCO PREGUNTAS

        A continuación comparto algunas preguntas que, en el transcurso de los años de experiencia clínica, he visto que pueden ser de utilidad en el trabajo de personas que experimentan dificultades en su relación de pareja. Estar preguntas nos permiten reflexionar acerca de las características que tiene la relación que estamos sosteniendo y sus respuestas pueden orientarnos acerca de los riesgos que podrían estar presentes en esa relación.

        1. ¿Puedo decir lo que pienso sin calcular antes cómo va a reaccionar mi pareja?

        2. ¿Mi mundo —amistades, familia, intereses, dinero propio— se agrandó o se achicó desde que estoy en esta relación?

          3. Después de un desacuerdo, ¿logramos retomar con facilidad nuestra vida de pareja?

          4. Cuando le cuento algo que es importante para mí o que me genera orgullo ¿salgo sintiéndome peor o mejor sobre mí mismo o mí misma?

          5. Cuando le toca cumplir los acuerdos que hemos establecido ¿lo hace sin dificultades, intenta renegociarlos a su favor o los transgrede?

          Si varias respuestas incomodan, no significa necesariamente que la relación esté condenada. Significa que hay algo a lo que debemos prestar más atención.


          CUÁNDO PEDIR AYUDA

          Consultar no es el último recurso cuando ya no queda nada. De hecho, las parejas que llegan antes suelen tener mejores resultados que las que llegan cuando el desprecio ya se instaló. Una consulta de pareja —o un proceso individual, si el otro no quiere participar— puede ayudar a identificar el ciclo que se repite y a construir salidas distintas.

          Y si lo que estás viviendo incluye violencia o control, en Chile puedes orientarte en el 1455 (Fono de Orientación en Violencia contra las Mujeres, de 8:00 a 24:00) o por WhatsApp al +56 9 9700 7000. Para emergencias, el 149 (Fono Familia de Carabineros) y el 133 funcionan las 24 horas.

          Una relación sana no es la que nunca duele. Es la que, incluso cuando duele, sigue siendo un lugar seguro donde volver.


          REFERENCIAS

          • Aron, A., Norman, C. C., Aron, E. N., McKenna, C., y Heyman, R. E. (2000). Couples’ shared participation in novel and arousing activities and experienced relationship quality. Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 273–284.
          • Finkel, E. J. (2017). The all-or-nothing marriage: How the best marriages work. Dutton.
          • Gottman, J. M., y Levenson, R. W. (1992). Marital processes predictive of later dissolution: Behavior, physiology, and health. Journal of Personality and Social Psychology, 63(2), 221–233.
          • Gottman, J. M., y Silver, N. (1999). The seven principles for making marriage work. Crown.
          • Joel, S., Eastwick, P. W., Allison, C. J., Arriaga, X. B., Baker, Z. G., Bar-Kalifa, E., … Wolf, S. (2020). Machine learning uncovers the most robust self-report predictors of relationship quality across 43 longitudinal couples studies. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(32), 19061–19071. https://doi.org/10.1073/pnas.1917036117
          • Johnson, S. M. (2008). Hold me tight: Seven conversations for a lifetime of love. Little, Brown.
          • Karney, B. R., y Bradbury, T. N. (1995). The longitudinal course of marital quality and stability: A review of theory, method, and research. Psychological Bulletin, 118(1), 3–34.
          • Mikulincer, M., y Shaver, P. R. (2016). Attachment in adulthood: Structure, dynamics, and change (2ª ed.). Guilford Press.
          • Reis, H. T., y Shaver, P. (1988). Intimacy as an interpersonal process. En S. Duck (Ed.), Handbook of personal relationships: Theory, research and interventions (pp. 367–389). Wiley.
          • Righetti, F., Sakaluk, J. K., Faure, R., e Impett, E. A. (2020). The link between sacrifice and relational and personal well-being: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 146(10), 900–921. https://doi.org/10.1037/bul0000297
          • Selçuk, E., Gunaydin, G., Ong, A. D., y Almeida, D. M. (2016). Does partner responsiveness predict hedonic and eudaimonic well-being? A 10-year longitudinal study. Journal of Marriage and Family, 78(2), 311–325. https://doi.org/10.1111/jomf.12272
          • Stark, E. (2007). Coercive control: How men entrap women in personal life. Oxford University Press.
          • Subsecretaría de Prevención del Delito. (2022). Encuesta de Violencia contra la Mujer en el Ámbito de Violencia Intrafamiliar y en Otros Espacios (ENVIF-VCM). Ministerio del Interior y Seguridad Pública, Chile.
          • Trujillo, C., y Clarke, D. (2023). Violencia intrafamiliar en Chile: evolución 2012–2022. Instituto Milenio para la Investigación de Imperfecciones de Mercado y Políticas Públicas (MIPP), Universidad de Chile.
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